jueves, 18 de mayo de 2017

“Estoy orgullosa de mi hijo. Es trans y lo amo”, dice la mamá de Santiago Balvín

Fotos: Fabiola Valle
Cuando era niña pensaba que algo no estaba bien, pero no sabía qué hacer. Se miraba en su hermana gemela y no era igual, no por dentro y tampoco por fuera. Algo en su naturaleza le decía que no. Hoy es Santiago Balvín. El nombre lo tomó de la fiesta de Santiago, de su natal Huancayo. Terminó la carrera de Arquitectura en la UNI, en su DNI todavía figura el nombre que no lo representa, sin embargo, sabe lo que quiere, y lo va a conseguir. Cuando su madre lo mira y lo abraza, Santiago siente que todo es cuestión de tiempo. Ella le dice que está orgullosa de él, que es un chico fantástico, un gran profesional y una persona que no se rinde.

ELLA NO SOY YO (I)

Pero nada ha sido fácil. Ni para Santiago ni para Libia, su madre. Tampoco para su papá, y los seres que lo aman, como su hermana Magaly, su gemela, y su hermano mayor. Es domingo. Caminamos por un parque de Surco. Este chico que va a paso firme fue una chica. Y sobrevivió al bullying, al miedo, a las murmuraciones de una ciudad conservadora, a un país que no lo toma en cuenta. Porque los hombres trans en el Perú son invisibles. Estoy con un chico invisible de voz poderosa.
-Me di cuenta que era distinto entre la primaria y la secundaria. Sabía que tenía una orientación sexual distinta, pero no quería mostrarla. Tenía miedo-recuerda.
Eran días en los que andaba solo con hombrecitos, y en el círculo de matemática  en el que participaba no faltaban los que le decían machona, ahombrada. Su mamá quería ponerle ropas femeninas, aretes… Él le daba la ropa a su hermana gemela. Ella fue la primera que lo entendió. Su hermano mayor jamás lo tomaría a bien
Llegó a Lima a los 16 años. Quería una vida diferente y no sabía cómo empezar. Es difícil saber cómo a esa edad. Creía que era lesbiana. Ingresó a un grupo evangélico, tuvo novios, y no era esa chica. “Yo pensaba que una persona trans odiaba su cuerpo y por tanto debía hacerse una reasignación sexual, pero yo no odiaba y no odio mi cuerpo. Hay partes que me gustan”, dice. A los 23 lo tenía muy claro. Era hora de dar batalla. Hoy tiene 27 años. Un hito en su vida fue cortarse el cabello a los 17 años. Los senos le incomodaban: “Alguien te ve y no sabes si eres hombre o mujer. Te miran esa parte y es fastidioso. Yo estoy en una etapa de reconciliación con mi cuerpo. Llevo un año y cuatro meses en terapia hormonal”.
Su voz ha cambiado. Al igual que los senos, su voz era un problema. Voz de chica. Rostro de chico. Su cuerpo comenzó a cambiar. En la universidad, donde todavía le llaman con su nombre de mujer, ha logrado sobreponerse a las miradas y actitudes que buscaban discriminarlo.
–Me he empoderado y eso me ha ayudado a defender lo que soy. Antes dejaba que las personas me atacaran. Yo las ignoraba. Ahora ya no guardo silencio ante la violencia. Ser un hombre trans es ser invisible en el Perú. Nos quedamos en un limbo, donde se habla de nosotros, pero no se hace nada. Es bueno tener una agenda para hacer incidencia. Ya nadie me confunde. Mi DNI aún no está actualizado. Estoy en ese proceso. De hecho no sacaré el título hasta tener el nombre que me represente.
SI LOS PADRES NO LOS APOYAMOS, ¿QUIÉN LO HARÁ? (II)

Abre la puerta de su casa. Libia, su madre, es profesora universitaria de la Universidad Nacional del Centro e ingeniera de profesión. Es una mujer sencilla, seria y cálida a la vez. Cree en Dios y defiende la justicia. Así se presenta.
Cuando abordamos a las personas gays, lesbianas, bisexuales o trans pocas veces pensamos en los padres y las madres. ¿Qué piensan ellos? ¿Qué sienten? ¿Cómo afrontan este proceso?
-Al inicio me costó, ahora ya no. Me daba temor pensar que estaba confundido. Después lo noté que era su decisión y luego de eso como madre decidí apoyarlo y quererlo. Mi esposo y yo lo decidimos. Cuando preguntan qué debe hacer uno como madre yo pienso que no podemos rechazarlos. Debemos apoyarlos y quererlos. Si nosotros los queremos nos queremos a nosotros mismos. Nuestra sociedad no está preparada, es cierto, pero si desde el hogar los rechazamos sería terrible para ellos. Apoyar con amor. Me siento orgullosa de mi hijo trans. Yo pienso que antes se tenía la érronea idea de que esto era una enfermedad, pero no es así. Mi hijo está tan sano, capacitado y preparado para desempeñarse como profesional como cualquier otro. Es exitoso. Y lucha por las personas, ese grupo de personas que es discriminada. Me gusta que luche por esa minoría que pide sus derechos. Para Dios no hay distinción. Yo soy creyente. Para Dios somos todos iguales. Yo soy una mujer que cree en la justicia y espera que todos seamos aceptados por igual.
Su padre, don Eduardo, está al lado. Su gran temor fue que lo discriminaran. “Yo siempre le dije que acabe su carrera. Sé que tendrá problemas en el trabajo, por eso espero que haga su empresa y la desarrolle. Ahora él está tocando puertas, pero lo ideal sería que a él le toquen la puerta y que ayude a otros como él. Me da orgullo ver que está surgiendo para que más tarde sea un ejemplo”.
Libia interviene: “Hay padres que creen que es lo peor, que es un castigo. Y no es así. Mi familia de aquí de Lima no se hace problemas, pero allá en Huancayo todavía se asombran. Para nosotros es normal. Mi hija que ahora es hijo, así de simple. Recuerdo que una psicóloga nos dijo que estaba confundido y que era una manera de protestar porque nosotros no estábamos atrás de ellos, pues siempre trabajábamos. La psicóloga me hacía creer que era una protesta. Y no era así.  Ha pasado el tiempo y estamos con él”.
La foto final es de los tres juntos. Santiago sonríe, y su sonrisa es inmensa. No era tan difícil, quizás piense. Pero la lucha no termina hoy y tampoco mañana.
Esta historia es parte del documental “A mí manera” realizado por Fabiola Valle y Esther Vargas, el cual se difundirá en junio.
publicado en: http://sinetiquetas.org